10 años de La La Land: la película que convirtió la nostalgia en arte.

La La Land no solo es una película musical de amor y nostalgia; es un experimento psicológico donde Damien Chazelle y sus diseñadores de producción y vestuario usan el color como un personaje más de manera silenciosa que, durante la trama, narra lo que Mia y Sebastián no dicen con palabras.

Mientras que Hollywood y los cuentos de hadas nos han enseñado que el amor se representa con el color rojo o rosa, La La La Land propone algo más cálido, el color amarillo, el cual aparece en cada escena de conexión y complicidad; pinta una nueva perspectiva para la etapa del enamoramiento.
Con el icónico vestido amarillo que porta Mia al bailar “A lovely night”, delata la chispa y la energía que los personajes empiezan a compartir, marcando un antes y un después en la historia, creando una escena de la calidez de un amor nuevo y puro.
A 10 años del estreno, la cinta galardonada ha expresado la historia que muchos han vivido y guardado en su corazón.
Para entender la magia de la paleta de colores de La La Land, hay que verla como una batalla constante entre el amor vibrante de película a través de los colores primarios y la fría realidad que se presenta con las complicaciones personales y de pareja en colores fríos y grises.

El azul representa los momentos donde llega un golpe de realidad, incluso muestra esa delgada línea entre los sueños que pueden parecer lejanos e inalcanzables y un momento inolvidable donde vemos este color frío. Es “lo que pudo haber sido” cuando Mía entra al club de jazz de Sebastián tiempo después de haber terminado. El cuadro parece estar enfocado en ellos pintándose de este color, dándole la nostalgia necesaria a la escena.

El color rojo rompe por completo el cliché que las películas han mostrado, ya que Damien Chazelle lo utiliza de una forma mucho más cruda: el rojo aquí representa la ambición, el ego, la presión del éxito y la pérdida, demostrándose como un color de peligro.

El verde es, sin duda, el color más sutil, psicológico y misterioso; representa la incomodidad, el estancamiento, los celos y las transiciones dolorosas que los personajes atraviesan al salir de la zona de confort.

A una década de su estreno, el verdadero triunfo de La La Land no radica únicamente en sus pegajosas melodías de piano o en la espectacularidad de sus coreografías, sino en su capacidad para hablar a través de un lenguaje silencioso, invisible para el ojo descuidado. Damien Chazelle no pintó su película para que se viera bonita; la pintó para que doliera, para que vibrara y para que se sintiera real.











